Las jornadas han sido largas, cansinas y exigentes. En Santa Cruz tuve tiempo de decir poco más que ‘presente’ en la boda de Charlie y reponer fuerzas para continuar la travesía. Allí disfruté de un mini-reencuentro con excompañeros del Colegio Mayor Nta. Sra. de Guadalupe (Adrián [México], Mariana [Bolivia] y el mismo Carlos…), además de tres de sus compañeros de máster (Luís Fernando [Perú], Mónica [Paraguay] y Jacque [Colombia]). Muchos recuerdos de ese maravilloso año en Madrid, muchos instantes que dormían inadvertidamente en los recovecos de mi memoria.
Como prometió Charlie, la ceremonia fue más bien pequeña, al parecer limitada a los círculos primario y secundario del novio y de la novia [y yo estaba ahí!! JA!], luego de todo el ritual del sacramento, las felicitaciones y los abrazos vino la fiesta: Whisky en cantidades industriales, el reguerete de Hello Kitties, cena majestuosa y cuatro o cinco cumbias que bailé con Jacque. A las dos llegó la hora de recoger pues volaba a las 5:30 a Salta, una de mis tres escalas antes de llegar a Brasilia. Efusiva despedida con Carlitos y Adrián y las correspondientes promesas de volver a vernos en Bolivia, Santo Domingo, México DF o Nueva York.
Lo poquísimo que pude vivir de Santa Cruz no está lejos de mi cotidianidad caribeña, lo cual no sé si será un halago u ofensa para los Cruceños. Lo que sí es indudable es que las atenciones fueron de primera en todo momento [excepto cuando me dijeron que necesitaba un visado de US$53 para entrar a Bolivia (WTF)], y eso vale muchísimo más que cualquier gran ciudad arquitectónicamente bella y reconocida por sus atracciones turísticas. ¡¡Gracias de sobra hermano!!
Llegado al aeropuerto maté tiempo y zombies con el nuevo jueguito que me roba horas de tesis y lectura, hasta que abordé rumbo a Salta, Argentina, no sin antes pagar US$25 más por el derecho a salir de Bolivia (WTF^2). [Nota al pie: Ya empiezo a aprenderme las indicaciones de seguridad que hacen las azafatas aeromozas (pantomimas incluidas)]. En el aeropuerto de Salta se respiraba una paz explicable por dos posibles razones: lo temprano que era [8 de la mañana de un Domingo 11 de Septiembre en una ciudad pequeña de un país sudamericano] o el sesgo positivo y permanente que me acosa cada vez que mi mente toca tangencialmente cualquier cosa relacionada a La Argentina, los Argentinos y su Argentinidad. ¡¡¡Qué joder!!!
De Salta salté a Buenos Aires, donde me encuentro ahora acabando de comerme un sándwich de salame [que no salami, conste] y queso con jugo de naranja y un chicloso brownie de postre, mientras espero pacientemente “… si la joven es tan amable de traerme la clave del wifi.” y ella “No, por favor!!“. Merecido descanso luego de hacer una inútil fila kilométrica en busca de cambiar el pasaje que me llevará a Río de Janeiro a las 17:10 por uno directo a Brasilia. Inútil porque resulta que los 36 minutos de espera resultaron en 27 segundos que tardó el pececito al otro lado del cristal en informarme que Aerolíneas Argentinas no vuela directo a Brasilia, pero que sí a Porto Alegre, Belo Horizonte y San Pablo, inútil, no?
A ver si esta noche tengo mejor suerte en Río para cambiar el pasaje de hora, ya que de lo contrario me tocará overnight en el aeropuerto, salida a las 6:00 am y arribo a Brasilia a las 7:33, con clases todo el día empezando a las 9. Nor-mal. Válido resaltar que justo antes de mi último aterrizaje pude verificar dos cosas a vista de ave [literalmente]: 1. Lo que se siente caer como una ave de presa sobre un Bs. As. que luce tan susceptible y 2. Que el Río La Plata tiene no los 30 kms de ancho que discutía con Ulises, sino muchos más, muchísimos más!! DIOS, qué río!!! JAJAJAJAJA 🙂
¡Hasta luego!