“And I hate when things are over/ when so much is left undone…”
Breakfast at Tiffany’s –Deep Blue Something.
El tiempo es probablemente el misterio más insondable de la existencia. Este se mueve incensante y sin clemencia, sin reparar en nosotros, sin importar nuestro afán, nuestra paciencia, estados de ánimo, anhelos o desesperación. Dicen que el tiempo cura todo, pero agrego que el tiempo también destruye y arruina todo. La entropía universal carcome inevitablemente cualquier estructura, real o ficticia, natural o creada por el hombre, cualquier situación, todo vínculo, relación y proceso.
Hace exactamente un año, pusimos (¿puse?) en marcha los engranajes de una maquinaria cuya concepción se remonta mucho más atrás, pero que no me atreví siquiera a mirar por más de dos años. El inicio, fatídico, fue un oleaje de mis emociones estrellándose contra las rocas de tu frialdad e indiferencia. Tu reacción, de sorpresa cautelosa, fue una sincronizada pantomima, pues, aunque experta en disimular y reservada al extremo, en algún momento dejaste ver que en ti también crepitaba el fuego de la curiosidad, acompañado de “miedo, confusión, deseo y admiración” [sic].
Una vez el mecanismo inició su lento movimiento, la inercia de las mentes y, en menor medida, de los cuerpos, nos llevó por senderos que se bifurcaban cada dos o tres noches. En algún punto me cuestioné seriamente el por qué de mi fascinación por ti. Mientras tanto, por un lado, la intersección inusual de intereses y atracción hacía improbable un final amistoso, y por otro lado, la restricción socio-familiar-etaria hacía imposible, según tú, un desenlace romántico. Sin embargo el rifle de Chéjov ya había aparecido en nuestra obra, y quizá era ya muy tarde para eliminarlo de la trama.
Mas, en efecto, de mi parte al menos dos errores tácticos, y de tu parte ese asesino silencioso que es el miedo, contribuyeron a un aterrizaje menos estrepitoso de lo esperado, pero no sin una dosis (al menos para mí) de drama, dolor, ansiedad y vacío. Las distancias ayudaron, los paréntesis intermitentes oxigenaron esa moribunda esperanza, mientras el repique en mi cabeza me recordaba que no había sosiego. Te extrañé con fervor, te evité como el diablo a la cruz y te busqué cual devoto perdido en busca de una salvación inexistente y por tanto imposible. Hiciste de mí una contradicción inherente ambulante.
Bastó ese simple “me afectó y lo acepté” para arrojarme a una espiral de locura y sinsentido, de insomnio y obscuridad. Luego de ese choque frontal con la realidad, tocó recoger los planes amorfos, los poemas inconclusos, los libros y canciones no compartidos. Tocó hacerlo todo a un lado y, muy forzadamente, conformarme con la dicha de, entre los miles de millones de seres humanos que pisaron, pisan y pisarán esta tierra y en el tiempo infinito previo y posterior a nuestra existencia, haber coincidido contigo en tres ocasiones y casi poner mi pulgar en tus labios. Tocó seguir ardiendo en silencio.
A todo un año de aquella osada revelación nocturna, me cedí la prerrogativa de revisitar lo poco que fuimos, de habitar por un largo instante el diminuto islote que construimos. Allí reencontré los vestigios de algo hermoso y endeble, algo, según tú, imposible, algo digno de ser preservado, cultivado e inmortalizado. Algo bello y moribundo. ¿Feliz aniversario?
–Nuzz