El triturador de voluntades, el forjador de carácter.

… But that’s how it goes with runners: through pain we find serenity. The greater the agony, the greater our eventual absolution.

The terrible and wonderful reasons why I run long distances.

El sábado completé mi tercera carrera Pico Duarte Express, un evento que consiste en subir a la cima de la montaña más alta del Caribe y bajar el mismo día en un tiempo límite de 15 horas. Luego de que el año pasado la lluvia arruinase la posibilidad de hacer un tiempo inferior a las 10 horas, este año las condiciones climáticas fueron óptimas, la logística del evento muy afinada y, a pesar de venir de una lesión a mediados de octubre, me sentía en forma para al menos mejorar mi mejor tiempo de 10 horas 40 minutos. La odisea fue un viaje épico hacia mis adentros, que terminó con un final inesperado y jubiloso.

Las batallas internas (tanto físicas como mentales) que se libran allí son dignas de una epopeya milenaria. Cada corredor carga una inmensa cruz que decidió voluntariamente arrastrar por 46 kilómetros. Cada paso es una micro-victoria adicional ante los fantasmas del cansancio, la apatía y el dolor. La montaña constantemente te engaña, te seduce, te envuelve en cánticos que te empujan a rendirte, a abandonarlo todo y regresar a las comodidades de la civilización. La montaña no te regala nada, no hay sosiego posible ante el frenético avance del reloj. La distancia y el tiempo son tus dos feroces enemigos: una inamovible, el otro inminente.

Es como si todo, absolutamente todo, estuviera diseñado para hacerte sufrir: el frío, la sed, las pendientes, el hambre, el sol, el terreno, los cólicos, la piedrecita que se coló en tus tenis, el roce de la camiseta, el incesante sonido de tu mochila al moverte. Es todo un calvario, un martirio, un tormento continuo y cuasi-infinito. El final de las pendientes NUNCA está “después de aquella curva”, los puntos de abastecimiento SIEMPRE están después de una cuesta pronunciada (a la ida y a la vuelta), El Alto de La Vela es el Hades en la tierra, Lilís fue creado por un demiurgo malvado y despiadado; justo antes de la meta te espera una lomita que, en condiciones normales, debería no ser la gran cosa, pero luego de 45 km es tortuosa, pérfida y siniestra, como si alguien la puso ahí deliberadamente para terminar de triturar tu voluntad a tan solo metros del anhelado objetivo.

Sin embargo, a pesar de todo ese sufrimiento, del llanto y las maldiciones, del colapso casi absoluto de tu cuerpo y tu mente, en retrospectiva descubres que esa experiencia te forja el carácter, el compañerismo en la ruta te hace más humano, y te sorprendes de lo fuerte que puedes llegar a sentirte. Y muchas veces sentir que eres fuerte es mucho más importante que ser fuerte.

Y este año me sentí más fuerte que nunca. Más del 80 % de la carrera pensé que no lograría mejorar mi tiempo, pero quedando 7 u 8 kilómetros, en parte gracias a una buena estrategia de abastecimiento y descansos un poco más largos que el año pasado, se abrió claramente la posibilidad. Luego de una miríada de cálculos, en los últimos 4 kilómetros me di cuenta de que si apretaba el paso incluso tenía chance de bajar de 10 horas. Así que me atraganté la mitad de un Snickers, el último gel que me quedaba y lo enjuagué todo con un buche de electrolito que me supo al elíxir que segregan los senos de Afrodita.

Luego de 2 o 3 minutos, el subidón de azúcar y la adrenalina me llevaron a un trance psicodélico en el que no sentía mis piernas, solo escuchaba la furiosa voz de Enrique Bunbury gritando que la decadencia estaba prohibida y que la caída perdía altura. Nada importaba, todo estaba en el lugar correcto, la inmensidad del logro se materializaba con cada zancada, en un frenesí de emociones enmarañadas: orgullo, absolución, gloria, fervor. La máxima redención llegó al cruzar la meta, soltar un grito que traía en la garganta por más de 8 horas y ver por última vez el Garmin: 9:57:18.

Nuzz

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