I run because I want to slay the Kraken.
I just don’t want to actually lift the sword.
–The terrible and wonderful reasons why I run long distances
Hace aproximadamente dos semanas, y luego de casi 4 años de fiebre serrana, cerré pausé oficialmente el ciclo Oscarivánico de montañismo y trails para volver al asfalto. A lo largo de esa etapa acumulé incontables experiencias que me marcaron de por vida y que guardaré para siempre en mi errante memoria. Desde conocer lugares extraordinarios y gente maravillosa, hasta poner a prueba los límites de mi cuerpo y mi mente, con logros que me enorgullecen y fracasos que me hicieron cuestionar mi capacidad y potencial, pero que siempre terminaron haciéndome más fuerte.
La logística de los trillos es sumamente complicada y relativamente costosa, dadas las complejidades que invloucra: desde identificar la ruta, madrugar para trasladarse a la misma, la alimentación (previa y durante), la hidratación, el sol y el frío, cargar con el peso del abastecimiento, los bastones, el desnivel inherente, la acampada, la mayor propensión a lesiones… En fin, que “montear” es mucho más complicado (que no necesariamente más difícil) que “correr”.
Una vez el pasado diciembre dominé hasta donde me lo propuse al triturador de voluntades [a. k. a. ‘El Pico Express’], abrazo nuevamente el calor citadino, retomo las aceras escabrosas de Santo Domingo, y dejo de lado los tenis con tacos y el camelback con dos litros de agua. En el horizone percibo las siluetas difusas de una retahíla de marcas personales (5K, 10K, half, full…) que tiemblan ante mi retorno asfáltico, pues en el fondo saben con certeza inequívoca que están a punto de caer en el más terrible de los infiernos concebibles: el olvido eterno.
Este regreso es también una venganza interna contra el Oscariván de hace 15 años, pues leyendo e investigando sobre toda la ciencia del correr me di cuenta de que desperdicié mis años dorados corriendo como loco, sin estructura ni estrategia alguna. En parte por la falta de guía e información, la inmadurez se manifestaba en amanecer cada día con los puños bien cerrados. Cientos, miles de kilómetros ‘a menos de 5’, envuelto en esa característica rabia insolente de la juventud, a pesar de las lesiones, las resacas, los trasnoches y los amores, malamores y desamores.
Hasta cierto punto sigo siendo el mismo, con esa voluntad abundante y maciza. La rabia sigue allí, subyacente e insolente, pero he madurado (y envejecido) lo suficiente como para conocer mejor mis límites y practicar la paciencia y la prudencia (casi) siempre que es debido. Ese mismo y nuevo yo se prometió hace unos días cumplir con los programas de entrenamiento, dormir y alimentarse mejor, beber menos alcohol y, sobre todo, disfrutar el proceso [ese palabro me tiene JARTO] de convertirme en un mejor corredor.
Nunca lo sabré, pero quizá volviendo a lo básico superaré aquello que pudo ser el Oscariván que, circa octubre 2010, corría como loco alrededor del Olímpico mientras la voz de Billie Joe Armstrong gritaba ‘Do you know the enemy? Do you know your enemy?‘. Y, quién sabe, a lo mejor en el camino me anime, me prepare y ahorre para correr los siete majors. So rally up the demons of your soul (oh-eh, oh-eh!).
–Nuzz