El Rigor de los Ángeles.

Not only is the Universe stranger than we think, it is stranger than we can think.”

Werner Heisenberg.

En “El Rigor de los Ángeles” el autor evalúa las similitudes entre los aportes de Immanuel Kant, Jorge Luis Borges y Werner Heisenberg al entendiimento del mundo que nos rodea. ¿Qué podrían tener en común el pensamiento de un filósofo alemán de la Ilustración; la poesía y prosa de un escritor argentino contemporáneo; y los hallazgos de un físico que puso al mundo patas arriba a principio del siglo pasado? El libro plantea la tesis de que en los tres casos, la naturaleza última de la realidad y el universo son puestas en tela de juicio, vía la lógica, la ficción y la observación científica, respectivamente.

Kant, inspirado en las paradojas de Zenón de Elea; Borges, maestro de los infinitos, sueños y espejos; y Heisenberg, quien estremeció los fundamentos del edificio de la física clásica, abordan, sin que sea del todo obvio, los mismos tópicos. La esencia de la existencia es inasible, el tiempo y el espacio no son infinitamente divisibles, la percepción modifica lo percibido y la incertidumbre es una característica inherente de la realidad.

Esos conceptos han sido digeridos y regurgitados hasta el hastío por pensadores de todas las áreas y escuelas. A la vez, la física cuántica ha cimentado de manera casi irrefutable la dualidad onda-partícula del mundo subatómico y de la materia en general, dejando un sinsabor incómodo en el paladar de quienes aspiran a un entendimiento cabal del mundo natural, y que, como Einstein, no toleran la posibilidad de un [D/d]ios que juega a los dados con su creación. Sin embargo, trazar, como lo hace el autor, ese hilo que entrelaza visiones en apariencia tan disímiles, es un logro encomiable. De mi parte, tirar de ese hilo hasta descubrir esas similitudes subyacentes es un delite para la raciocinio, un goce para el intelecto y una remanso de paz en medio del fuego cruzado de las emociones contradictorias.

Nuzz

El cementerio de los inconclusos [a.k.a. ‘What if?’].

And I hate when things are over/
When so much is left undone…

Breakfast At Tiffany’s – Deep Blue Something

En secreto, toda mi vida he sido víctima de un ligero pero persistente síndrome del impostor. Un recurrente moverme entre el valle de la desesperación y la pendiente de la iluminación de aquel famoso gráfico del efecto Dunning-Kruger. Entiendo que, salvo contadas excepciones en ambos extremos, ese sentir es un mal común, pero que pocos se atreven a admitir. Es una de esas microtexturas de la personalidad que pasan desapercibidas al ojo cotidiano.

En mi caso, ese pequeño faltante de estima propia es la causa y a la vez la consecuencia de una serie de proyectos, relaciones, ideas, aspiraciones y sueños a medias. No es que me considere un desertor nato ni mucho menos, pero ocasionalmente y de forma involuntaria mi cerebro recolecta y pasa revista de hazañas sin terminar y peldaños sin alcanzar en mi vida académica, profesional, familiar, social y amorosa.

El recuerdo más lejano de un sueño abandonado es el de ser atrónomo/astronauta, acariciado con entusiasmo por, quiero creer que, varios años de mi infancia e inicios de la pubescencia. Más adelante contemplé, con seriedad, pero muy brevemente, la posibilidad de dedicarme 100 % al ajedrez. En aquellos uno o dos años mi mundo estuvo completamente tapizado por la cuadrícula blanquinegra, luego de infinitas horas de domingo desgajándome el cerebro con Orlando y Lenín.

También recuerdo haber asomado mi cabeza con un empeño irracional al mundo artístico musical, quizá el único cadáver que merece habitar ese cementerio de inconclusos. Pero quizá el más (en su momento) doloroso y obvio ‘what if?‘ de La Saga Oscarivánica lo fue ese año medio estudiando Arquitectura en la UASD. ¡Cuánto sufrir! ¡Qué entrada tan estrepitosa y atropellada a la vida adulta! Ese tropiezo dejó secuelas duraderas en mí, y por años mi único consuelo fue que, de persistir en esa empresa tan tortuosa, iba a terminar siendo un arquitecto a lo sumo mediocre, en lugar del matemático no-tan-mediocre que resulté ser.

Hablando de Matemáticas, un fantasma que aún asoma su cabeza de vez en cuando es el de no haberme doctorado en esa área, pretensión mutilada en ciernes al entrar al BCRD. Ese paso totalmente fortuito me llevó a abrazar, en principio a regañadientes, la economía y, sobre todo, a ganar más dinero del que jamás imaginé ganaría. Allí volví a quedarme a medio camino entre dos profesiones: sacrifiqué el ser un matemático excepcional por convertirme en un economista ordinario, contrario a lo que mucha gente de mi entorno percibe (y hasta cierto punto proyecto).

¿Más lápidas que adornan ese camposanto de incompletos? Nunca me convertí en un docente cabal (ni entré a la UASD); he empezado y tengo una miríada de negocios, pero ninguno podría ser considerado un éxito rotundo; no tuve el valor de concretar una relación duradera con ninguna de las tres o cuatro Innombrables; los borradores de los papers sobre el ‘Enfoque de Balance’ y ‘Beneficios de reducir la inflación’ siguen ocupando espacio muerto en mi Dropbox; soy un corredor amateur que no ha bajado de las 4 horas en la maratón; no le pedí el número a la morenita de los rizos aquel mayo de 2009 en Cinema Café y no le partí la carita (pudinedo hacerlo) al borracho indecente que desbarató el teteo en el Drinks 2 Go de la Gómez aquel verano de 2011…

Al final, reconozco que hay mérito en haber intentado tanto, fallado tanto y rendirme tan poco. Y quizá mi mayor virtud es esa capacidad de empezar cosas, lograr algunas de ellas y que aquellas que terminan descomponiéndose bajo tierra no sean un lastre que me impida avanzar ni me quite el sueño (casi nunca). Los ‘what if?‘ pueden ser dolorosos, pero hay que aprender, y he aprendido, a transmutar ese dolor con los ‘it was‘ y a resignarse a los ‘it wasn’t‘.

.-Nuzz

Texturas imprecisas [a.k.a. ‘El rigor de los ángeles’].

Acariciando
diferencias…

Texturas  – Soda Stereo.

A la distancia, la personalidad de todos, absolutamente todos, parece plana, homogénea y simple. Detrás de los cientos, miles de encuentros fortuitos y efímeros que tenemos a diario pasa desapercibida la naturaleza última de lo que en realidad el otro es. Un saludo, una charla momentánea, una interacción profesional o académica, la cortesía impuesta y autoimpuesta, el gesto imperceptible. Esa dinámica tiende a ocultar, casi siempre sin quererlo, la textura precisa que compone la complejidad humana. Cada quien arrastra un vagón de sueños, miedos, problemas e intrigas al que solo tienen acceso contados individuos.

Una vez te acercas lo suficiente a cualquiera, empiezan a vislumbrarse los detalles, las grietas, lo bello y lo no tan bello del otro. Gustos musicales y literarios inusuales, perspectivas distintas sobre algún tópico, secretos e historias familiares sorprendentes, todo un universo encapsulado en cada cuerpo, en cada mente, en cada uno de nosotros. Esa distinción entre lo público y lo propio, entre lo que muchos ven y a lo que pocos acceden siempre me ha maravillado. Y cuando esas texturas se aprecian, cuando dos almas (y cuerpos) comulgan, brindando acceso a las respectivas cajas de pandora, se generan vínculos que pueden ser difíciles de deshacer.

En el hogar ese vínculo surge de forma natural y por inercia. Luego vienen las amistades de infancia y adolescencia, el primer enamoramiento de verano, los romances y noviazgos subsiguientes, la dinámica académica y laboral, y, en su máxima expresión, el matrimonio, que da paso nuevamente a ese descubrimiento y exposición de las texturas fraternales y familiares. En ocasiones el azar, con un poco de ayuda, se encarga de que trayectorias que jamás imaginaríamos coincidentes colisionen de forma estrepitosa, dejando entrever mutuamente detalles microscópicos completamente ignorados por el entorno.

A veces ese conocimiento profundo y minucioso de las sutilezas de un ser ajeno se diluye de forma natural, producto del desgaste, la distancia o la ausencia de coincidencias (o discrepancias) que lo hagan interesante. El problema, si es que lo hay, es que otras veces, para extirparse de la piel y el pensamiento la fijación en esos detalles que hacen intrigante, atractivo y único al otro, se hace necesario un escalpelo afinadísimo, una increíble destreza que permita fijar la mirada en otro horizonte, no con el rigor de un ángel o un monje tibetano, si no con la severidad de un maestro de ajedrez.

Nuzz

Resultados – Expectativas [acotadas].

Let go or be dragged.

Proverbio Zen

2025 ha sido sin dudas el año más agitado de mi historia reciente. Un cambio de dirección abrupto (pero premeditado) en mi vida profesional, una mayor libertad, aún a medias, para hacer, para no hacer y para ser. Una tensión cotidiana entre el deseo y la presión [interna, familiar, social…] de seguir creciendo hacia afuera, de tener, acumular y guardar cada vez más, y el llamado [principalmente interno] a ser pequeño, a ser una gota en el jardín, a crecer hacia adentro y a soltar, dejar, alivianar la carga.

Casi toda mi vida adulta he estado en constante movimiento: haciendo, buscando qué hacer, empezando proyectos, abriendo puertas y descubriendo nuevos mundos. Madrid, Economía, Macros de Excel, Copenhague, FMI, Suramérica, estadísticas, IBM, San José, informes, encuestas, panoramas, emprender, fracasar, reintentar, arder, volver a fallar, romperme, rearmarme y reiniciar. Por primera vez vislumbro la posibilidad de detenerme y dejar que el mundo gire sin mí, que el ruido no penetre en mí y que el caos no sea parte de mí. Coqueteo con la idea de dejar que el sentido de la existencia llegue solo, o no llegue para nada. Y si llega, que me encuentre sentado en mi patio leyendo a Asimov, Borges o Cortázar, mientras escucho musiquita de ascensor o uno de estos piezones.

¡Oh! ¡Pero cuánto cuesta bajarse de la rueda de hámster! Ya la alarma no suena a las 7:10 y no escucho The Fall of Civilizations mientras maldigo al Uber de la Honda Fit blanca que quiere meterse a terror delante de mí antes del elevado de la Lope de Vega. Sin embargo, la inercia me sigue empujando a querer elevar gradualmente el techo de esas expectativas de vida, haciendo que los resultados siempre parezcan insuficientes. Todos queremos una Existencia “Básica” o Normal y, una vez creemos alcanzarla, nos exigimos la Existencia Plus, y entonces la Pro, después la Pro Max, más tarde la Ultra (color naranja con 4 cámaras).

En realidad no sé si en algún punto seré capaz de revertir, o siquiera detener, los engranajes de esa maquinaria de apetito insaciable, pero de momento siento que el haberla ralentizado es un paso en la dirección correcta. Y aún así, continuamente debo repetirme como un mantra que la felicidad es igual a los resultados menos las expectativas. Si logro acotar estas últimas de forma estricta, no tendré la necesidad de aumentar aquellos, y esa es una batalla que, como el mar, no cesa, ¿me entienden?

Nuzz.

El triturador de voluntades, el forjador de carácter.

… But that’s how it goes with runners: through pain we find serenity. The greater the agony, the greater our eventual absolution.

The terrible and wonderful reasons why I run long distances.

El sábado completé mi tercera carrera Pico Duarte Express, un evento que consiste en subir a la cima de la montaña más alta del Caribe y bajar el mismo día en un tiempo límite de 15 horas. Luego de que el año pasado la lluvia arruinase la posibilidad de hacer un tiempo inferior a las 10 horas, este año las condiciones climáticas fueron óptimas, la logística del evento muy afinada y, a pesar de venir de una lesión a mediados de octubre, me sentía en forma para al menos mejorar mi mejor tiempo de 10 horas 40 minutos. La odisea fue un viaje épico hacia mis adentros, que terminó con un final inesperado y jubiloso.

Las batallas internas (tanto físicas como mentales) que se libran allí son dignas de una epopeya milenaria. Cada corredor carga una inmensa cruz que decidió voluntariamente arrastrar por 46 kilómetros. Cada paso es una micro-victoria adicional ante los fantasmas del cansancio, la apatía y el dolor. La montaña constantemente te engaña, te seduce, te envuelve en cánticos que te empujan a rendirte, a abandonarlo todo y regresar a las comodidades de la civilización. La montaña no te regala nada, no hay sosiego posible ante el frenético avance del reloj. La distancia y el tiempo son tus dos feroces enemigos: una inamovible, el otro inminente.

Es como si todo, absolutamente todo, estuviera diseñado para hacerte sufrir: el frío, la sed, las pendientes, el hambre, el sol, el terreno, los cólicos, la piedrecita que se coló en tus tenis, el roce de la camiseta, el incesante sonido de tu mochila al moverte. Es todo un calvario, un martirio, un tormento continuo y cuasi-infinito. El final de las pendientes NUNCA está “después de aquella curva”, los puntos de abastecimiento SIEMPRE están después de una cuesta pronunciada (a la ida y a la vuelta), El Alto de La Vela es el Hades en la tierra, Lilís fue creado por un demiurgo malvado y despiadado; justo antes de la meta te espera una lomita que, en condiciones normales, debería no ser la gran cosa, pero luego de 45 km es tortuosa, pérfida y siniestra, como si alguien la puso ahí deliberadamente para terminar de triturar tu voluntad a tan solo metros del anhelado objetivo.

Sin embargo, a pesar de todo ese sufrimiento, del llanto y las maldiciones, del colapso casi absoluto de tu cuerpo y tu mente, en retrospectiva descubres que esa experiencia te forja el carácter, el compañerismo en la ruta te hace más humano, y te sorprendes de lo fuerte que puedes llegar a sentirte. Y muchas veces sentir que eres fuerte es mucho más importante que ser fuerte.

Y este año me sentí más fuerte que nunca. Más del 80 % de la carrera pensé que no lograría mejorar mi tiempo, pero quedando 7 u 8 kilómetros, en parte gracias a una buena estrategia de abastecimiento y descansos un poco más largos que el año pasado, se abrió claramente la posibilidad. Luego de una miríada de cálculos, en los últimos 4 kilómetros me di cuenta de que si apretaba el paso incluso tenía chance de bajar de 10 horas. Así que me atraganté la mitad de un Snickers, el último gel que me quedaba y lo enjuagué todo con un buche de electrolito que me supo al elíxir que segregan los senos de Afrodita.

Luego de 2 o 3 minutos, el subidón de azúcar y la adrenalina me llevaron a un trance psicodélico en el que no sentía mis piernas, solo escuchaba la furiosa voz de Enrique Bunbury gritando que la decadencia estaba prohibida y que la caída perdía altura. Nada importaba, todo estaba en el lugar correcto, la inmensidad del logro se materializaba con cada zancada, en un frenesí de emociones enmarañadas: orgullo, absolución, gloria, fervor. La máxima redención llegó al cruzar la meta, soltar un grito que traía en la garganta por más de 8 horas y ver por última vez el Garmin: 9:57:18.

Nuzz

Coincidencias borgianas [a.k.a. ‘… por alguna razón’].

Forsan et haec olim meminisse iuvabit.

El Fervor de noviembre ya se apaga
y no te compartí aquella canción
no alcancé ni si quiera los cien días
no nos lo permitimos, por alguna razón…

Jugué a evitar ser Funes, qué cobarde!
jugaste a las Ficciones, sin intención
perdí, sin dudas; ganaste, sin saberlo
y creo seguir jugando, por alguna razón…

Yo, sin embargo, no creo en coincidencias
no creo en dioses, Venganzas, ni Perdón
más sí que creo en el resbaladizo Olvido
que insiste en escaparse, por alguna razón…

Se aproxima un invierno frío y crudo
para ti, dos festejos, doble celebración
y para mí un muy largo, largo diciembre
y enero sin sosiego, por alguna razón…

Más el tiempo es mi aliado, ya lo sé
me ha confesado El Otro en una ensoñación
que El Aleph de tus ojos menguará
no estarás en mis sueños, por alguna razón…

Saldré del Laberinto, Jardín que te concibe
en todos los Senderos, cada Bifurcación
terminará la Infamia de mis Inquisiciones
morirás, mi Zahir, por alguna razón…

Totalmente perdido, y (es mi deber) salvarme
y de amnesias tornarme un Hacedor
solo me quedaré como regalo
que pensases en mí, por alguna razón.

Nuzz

Chéjov engavetado [a.k.a. ‘A bad dream’].

… y la lágrima inútil que doy a tu memoria.

Poema del cuarto elemento – Jorge Luis Borges

En realidad a ratos no me lo creo. Te juro que el desgaste hace que todo parezca un lúgubre sueño con ráfagas luminosas intercaladas entre la niebla que representas. ¿Y sabes qué es lo peor? A medida que pasa el tiempo, más trágico luce todo, más te culpo por esta desgracia y más pérfido es tu ideal en el bullicioso trajín de mi imaginario. Cada día, al recordarte (y suerte que ese ejercicio es cada vez menos frecuente), más corpórea se hace la duda de si tu cautela fue premeditada, tu ingenuidad un simulacro y no fui más que otro trofeo para tu vasta colección de pseudoconquistas inconclusas. Cual artificio creado y puesto en escena deliberadamente por TI en TU historia, a sabiendas de que jamás sería utilizado y, por tanto, prescindible.

Me destroza pensarte así, me entristece juzgarte tan vilmente, pero los devaneos a los que arrojaste mi mente no conocen límite. Algo en mí se descompuso de tal forma que todos los escenarios me son plausibles, con un marcado sesgo hacia lo perverso. Ruego a los dioses en los que no creo por equivocarme doblemente: por un lado, espero que este desenlace no haya sido parte de una conspiración tuya, si no un error no forzado, inocente e inconsciente, tal como argumentaste implícitamente. Por otro lado, anhelo (iluso) errar respecto a la inexistencia del propósito de esa arma de Chéjov, y que la misma no termine engavetada sin jugar ningún rol en la trama de tu existencia… pero esa aspiración probablemente resulta del voraz Maelström en el que mi mente gira desde ese 18 de agosto. Cobarde.

Nuzz

Letanía a ignorar [a.k.a. ‘Tonta’].

Night turns to dayAnd I still can’t go back to you

A whisper – Coldplay

Mis días transcurren entre la niebla del pasado, la bruma del olvido y lo turbio del recuerdo. Miro adelante, porque es lo que sé hacer, pero las piezas de ese efímero rompecabezas que [casi] fuimos no terminan de encajar. En los detalles más ínfimos creo ver esa mirada que emana de tus ojos (¿miel? ¿avellana? ¿turquesa? ¿oliva?) que tan poco me regalaste. Tu voz (de la que solo recuerdo las más sutiles inflexiones) es un eco que opaca los contados destellos de sosiego que construyo.

A ratos mi cotidianidad se disuelve en una secuencia de pasos sin rumbo, de murmullos obscenos, de realidades alternas que inventé [e invento] contigo. Te imagino en esa silla en la esquina de mi habitación, te moldeo a mi lado en esa butaca del cine, te materializo sosteniendo mi mano mientras avanza el tapón de la Kennedy. He palpado tu existencia de tanto anhelar tu presencia. He recreado incontables veces esos abrazos, he saboreado ad infinitum esos besos que no fueron y he releído entre sollozos nuestras más íntimas conversaciones. Todo tan en vano, tan infame, tan infausto.

A pesar de saber exactamente hacia dónde conduce esta locura, usando los restos del predecible naufragio, me empeño en continuar alimentando la caldera que encendimos. ¿Qué de ti? ¿es tu calma plena? ¿volvió tu mundo a alinearse del todo? De ser así, me enorgullezco inmensamente de haber logrado desequilibrar tus emociones al menos en dos [¿tres? ¿más?] ocasiones. A dos meses de que bajase el telón, solo he avanzado ínfimamente en dirección a la resignación y aceptación. Mi voluntad parece ser de lo más endeble en lo que a ti respecta. En fin, si gustas, ignora la letanía que precede esta oración y quédate con que te extraño, más de lo que me/te creí capaz. Tonta.

Nuzz

Todo un año [a.k.a. ‘Entropía’].

“And I hate when things are over/ when so much is left undone…”

Breakfast at Tiffany’s –Deep Blue Something.

El tiempo es probablemente el misterio más insondable de la existencia. Este se mueve incensante y sin clemencia, sin reparar en nosotros, sin importar nuestro afán, nuestra paciencia, estados de ánimo, anhelos o desesperación. Dicen que el tiempo cura todo, pero agrego que el tiempo también destruye y arruina todo. La entropía universal carcome inevitablemente cualquier estructura, real o ficticia, natural o creada por el hombre, cualquier situación, todo vínculo, relación y proceso.

Hace exactamente un año, pusimos (¿puse?) en marcha los engranajes de una maquinaria cuya concepción se remonta mucho más atrás, pero que no me atreví siquiera a mirar por más de dos años. El inicio, fatídico, fue un oleaje de mis emociones estrellándose contra las rocas de tu frialdad e indiferencia. Tu reacción, de sorpresa cautelosa, fue una sincronizada pantomima, pues, aunque experta en disimular y reservada al extremo, en algún momento dejaste ver que en ti también crepitaba el fuego de la curiosidad, acompañado de “miedo, confusión, deseo y admiración” [sic].

Una vez el mecanismo inició su lento movimiento, la inercia de las mentes y, en menor medida, de los cuerpos, nos llevó por senderos que se bifurcaban cada dos o tres noches. En algún punto me cuestioné seriamente el por qué de mi fascinación por ti. Mientras tanto, por un lado, la intersección inusual de intereses y atracción hacía improbable un final amistoso, y por otro lado, la restricción socio-familiar-etaria hacía imposible, según tú, un desenlace romántico. Sin embargo el rifle de Chéjov ya había aparecido en nuestra obra, y quizá era ya muy tarde para eliminarlo de la trama.

Mas, en efecto, de mi parte al menos dos errores tácticos, y de tu parte ese asesino silencioso que es el miedo, contribuyeron a un aterrizaje menos estrepitoso de lo esperado, pero no sin una dosis (al menos para mí) de drama, dolor, ansiedad y vacío. Las distancias ayudaron, los paréntesis intermitentes oxigenaron esa moribunda esperanza, mientras el repique en mi cabeza me recordaba que no había sosiego. Te extrañé con fervor, te evité como el diablo a la cruz y te busqué cual devoto perdido en busca de una salvación inexistente y por tanto imposible. Hiciste de mí una contradicción inherente ambulante.

Bastó ese simple “me afectó y lo acepté” para arrojarme a una espiral de locura y sinsentido, de insomnio y obscuridad. Luego de ese choque frontal con la realidad, tocó recoger los planes amorfos, los poemas inconclusos, los libros y canciones no compartidos. Tocó hacerlo todo a un lado y, muy forzadamente, conformarme con la dicha de, entre los miles de millones de seres humanos que pisaron, pisan y pisarán esta tierra y en el tiempo infinito previo y posterior a nuestra existencia, haber coincidido contigo en tres ocasiones y casi poner mi pulgar en tus labios. Tocó seguir ardiendo en silencio.

A todo un año de aquella osada revelación nocturna, me cedí la prerrogativa de revisitar lo poco que fuimos, de habitar por un largo instante el diminuto islote que construimos. Allí reencontré los vestigios de algo hermoso y endeble, algo, según tú, imposible, algo digno de ser preservado, cultivado e inmortalizado. Algo bello y moribundo. ¿Feliz aniversario?

Nuzz

No hay sosiego [a.k.a. “El perfume que lleva el dolor”].

“Entre nomeolvides me dejé nuestros abriles…”

Flaca – Andrés Calamaro.

La lenta máquina del [¿]desamor[?] cruje, mientras tritura los vestigios de tu fugaz recuerdo. Juré hacer caso omiso a las señales que te traen de vuelta, sin embargo, de manera no-tan-inconsciente te busco más de lo que nos prometimos en los recovecos de las palabras, en las rimas que duermen con cada canción, entre página y página de cada libro, en las clases, estacionamientos y ascensores casi compartidos.

No hay sosiego, el percutir es implacable, la memoria una prisión, el mar de mis pensamientos no cesa. Y a la par, la incógnita de si es mutuo, si tus noches perciben la parada súbita, si queda en ti algo de aquel crepitar que nos consumió de forma tan abrupta e intensa.

‘Dolor’ es una palabra muy fuerte, pero si esto no lo es, se parece bastante. Su perfume invade todo mi alrededor, impregna mis mañanas y me asalta antes de dormir. Al parecer lo llevamos a puerto seguro… y de la forma más inesperada y anticlimática. Baja el telón.

Nuzz

Not twice [a.k.a. ‘Cobardía infausta’].

… tendré que hacer lo que es y no debido/
y tendré que hacerte bien y tendrás que hacerme daño…

-Al lado del camino – Fito Páez.

La seducción como un juego,
las acciones tempestivas,
la negación que sugiere,
la cautelosa ofensiva…

El roce, manos, el pelo,
la respiración, miradas,
los labios, sonrisa cómplice,
los abrazos que naufragan…

La contención, el decoro,
el no-querer, la cautela,
el querer, el pudor casto,
silencio que me incinera…

Infausto primer intento,
susurros, piel, pliegues suaves,
un ‘Detente’ inconvincente,
el ‘No’ que solo dios sabe…

La luz vibraba en tus ojos,
que reflejaban el agua,
océanos no bastaban,
para mitigar mis ganas…

Resististe [¿]y abjuramos[?],
voluntad [¿]inquebrantable[?],
not twice, [¿]un segundo intento[?]
tan valiente, [¿]tan cobarde[?].

Nuzz

No more poems.

En sus ojos apagados/ Hay un eterno castigo…

Héroe de leyenda – Héroes del SIlencio.

Mal hábito el que he tomado,
el de rebuscar palabras
atípicas y esotéricas
y en poemas hilvanarlas

Y digo mal, pues resulta
que era un hábito en desuso
y lo trajiste de vuelta,
por mi condición de iluso

Iluso, pues esa quimera,
ese anhelo que no cesa,
esa pasión, esas ganas,
buscan que algún día un poema…

Cale en ti de tal manera
que te saque de tu centro,
ilumine tu sonrisa
y conmueva tus adentros

A ver si así, ¡Aleluya!
Das ese paso inminente,
te apersonas en mis brazos,
y acabamos los pendientes

Más, ¡Qué dolor! ¡Qué fastidio!
Tengo la impresión maldita
que mis ufanas palabras
no son igual de efectivas

Te me escapas de las manos,
te disuelves entre el miedo,
te diluyes, te evaporas,
evanesces, merma el fuego

Lo que tuve, muy poquito,
casi nada, más inmenso,
mi ya casi paraíso
deviene lento en infierno

No más palabras que riman,
no más poemas, lo siento,
declaro huelga poética
hasta que avance el proceso

Y dejes salir la ███████diosa
que conocí brevemente,
que es víctima del deseo,
y digas “Fuck it! Whatever!”

Nuzz

Fervor bajo asedio [a.k.a. ‘I try’].

… and I’ll keep my cool, but I’m feigning…

I try – Macy Gray.

Mis adentros burbujean,
un vals efervescente,
un vaivén cual oleaje,
reprimido, latente

Mis células estallan,
hervidero constante,
un horno a toda marcha,
oculto, subyacente

Mis sentidos se nublan
bajo el fuego inclemente,
un camino al averno,
espiral descendente

Este calor no acaba,
no para, es permanente,
esta entropía no avanza,
este arder es perenne

Me calmo, lo controlo,
el fervor al asedio,
me supera, desborda,
pues se termina el tiempo

Mírame, sin tocarnos,
tócame, ven, enciende,
la hoguera inevitable,
úsame, [¿]gentilmente[?]

Nuzz.