Sigue avanzando la aguja de este relojito [sin ser despectivo] que me regaló mi madre hace casi 5 años. Sigue diciendo “Ya es hora, ¿qué esperas?”. Pasan los segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años. Sigo sin poder responderle, sin hallar respuesta, sin saber qué espero ni qué esperar.
Mientras tanto leo a Borges, programo en MATLAB, veo Iron Man, como papas, camino a la Facultad y vuelvo rozando mi mano derecha en los arbustos de aquí al lado del Colegio Mayor; escucho Coldplay, bebo vodka, patino, hago macros de Excel, bromeo con Ulises por Gtalk, compro cosas, duermo mucho, hago planes, sueño, río, lloro, pienso, tropiezo, me enfado y escribo esto [no necesariamente a causa de mi enfado].
Sí, debo hacer algo mientras tanto. Pero, ¿Hasta cuándo? Toda la vida sumergido en esta bañera de quehaceres, a la espera de que vengas, me saques, me seques y me muestres que hay más. Eso, o que al menos te metas de una vez en la jodida bañera y me beses bajo el agua de la rutina y lo cotidiano, que en ese caso ya no lo será tanto. Y ni siquiera sé quién eres.
Vivo inventando unicornios rosa invisibles, construyendo castillos de cartas de humo, demostrando teoremas que no tienen sentido, sacando conejos obesos de sombreros inexistentes, haciendo malabares con pelotas microscópicas, desapareciendo objetos que nadie extrañará y haciendo aparecer otros que nadie necesitará, creándote de mi costilla y viendo cómo te alejas. Magia sin magia. Trucos sin gracia. Una y otra vez, una y otra vez… final del acto, venga el siguiente.
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