Aversión al riesgo.
En Decathlon hay un área para que los niños, mientras sus padres realizan las compras, se diviertan haciendo deportes. Hay dos pares de arcos de futbolito, skateboards y una cancha de minibasket. Los niños patean balones, se caen de las tablas y tiran al aro todo el tiempo. Es un caos. Cuando estuve allí aún no había anotado mi glorioso gol en la liga interna del colegio, por tanto me limité a observar a los chicos que estaban en la cancha de basket.
Está el españolito que lanza de larga distancia, sin pausa, fuerte. Tira de tablero, parabólico, alineado, de distintos ángulos, de espaldas. Su padre [tío, hermano mayor, padrastro...] lo observa orgullosamente, lo anima con movimientos afirmativos de su cabeza y sonríe cuando encesta. Le da aún más ánimos cuando falla. Emprendedor.
Luego el chiquitín [no más de 6 años], con un baloncito de balonmano con el cual no sabe qué tiene que hacer. Lo tira de un lado a otro, sin sentido, sin dirección específica, casi sin fuerzas y disfruta mogollón. Funny Investor.
Por último está la niñita rubia, de anteojos fondo-de-botella. Con el balón en sus manitas por encima de la cabeza, da dos pasos hacia el aro pero no lanza. Se lo piensa mejor y vuelve atrás. Quiere hacerlo rebotar en el piso, pero tampoco se decide del todo, lo olvida. Vuelve a acercarse al aro, amaga, corre, va a tirar y se arrepiente nuevamente. Así pasan 15, 20 minutos. La chica no suelta el balón ni por un instante, no lanza, no hace dribbling, no lo pasa, nada-de-nada. Aversa al riesgo.